Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

ESBOZOS EN SOLEDAD


-->HERMANO SOL..........HERMANO LUNA............ este es un pequeño esbozo de algo que recuerdo de mi infancia...................espero sepan entender es solo un esbozo........por ahora.


................................................................................


-->
El tiempo con el abuelo pasaba volando entre cuento y cuento, las tardes se hacían eternas y mi deseo era que nunca llegara el sol a pisar su descanso nocturno… el calor nos introducía en el clímax de lo que sucedía en nuestras mentes…
- Todo tiene un por qué y un paraqué, que ya fue dispuesto por nuestros padre celestial creador de todo lo que pisamos y vemos. Hasta nuestra forma de actuar fue diseñada así, fuimos trozo de madera esculpida para que seamos algún día lo que verdaderamente debemos de ser…
- ¿Y cómo es eso? ¿Como sabremos que somos lo que debemos ser?- mis ansias crecían con cada aliento de ese ser soñoliento que hablaba a mi lado.
- No soy Ñamandú para tener todas las respuestas, pero él sí las tiene: “una vez se convirtió en búho y bajó a la tierra para vigilarnos más de cerca, y estando en la selva, viendo como las mujeres cosechaban mandioca, se enamoró de una jovencita. Quedó obsesionado con ella y quiso llevársela al cielo, pero no quería asustarla, así es que se acercó y la miraba hacer sus trabajos todos los días. Hasta que la joven se dio cuenta y vio que el búho la seguía. Lo observó y se encariñó con él, lo atrapó de un ala y se lo quedó como mascota, todas las noches el búho se paraba a los pies de su cama para verla dormir, hasta que una noche Ñamandú le habló a la joven y le dijo que ya era hora de ir al cielo, la joven se asustó al descubrir la verdadera naturaleza de su mascota y al descubrir que ya su vida no era más suya, pues ahora esperaba un hijo suyo. Vamos con migo al cielo le decía Ñamandú pero ella le respondía que no, porque su primera esposa sería mala con ella, porque ella era la verdadera madre de sus hijos que están en el paraíso, le pedía ella que la dejara en la tierra y que ella le entregaría a su hijo cuando hubiera nacido. Y en ese lugar creció una gran palmera para conmemorar lo sucedido, mas tarde desde allí que era el centro de la tierra partió la embarazada siguiendo las huellas de Ñamandú para llevarle su hijo. El niño desde el vientre le hablaba a su madre indicándole el camino que había seguido su padre, y cada vez que veía flores hermosas le decía – toma esas flores para mí, entonces cuando lleguemos a casa de mi padre y yo nazca podré jugar con ellas- y la madre obedecía al principio pero se cansó y reprendió al niño. Pero cuando ella tuvo que volver a preguntarle sobre la dirección que debían tomar el niño no le contestó y ella tomo el camino equivocado extraviándose. Llegaron así hasta la morada de unos seres primitivos que al verla la mataron para comerla, y al destriparla vieron que estaba embarazada. Los seres primitivos eran 5 nietos y una abuela, la abuela pidió a sus nietos que le cocinaran el feto, pues como era mayor debía de comer cosas blandas pero el feto no moría, ni siquiera se lastimaba su piel. Intentaron de todo, lo echaron a las brasas, intentaron romper sus huesos con un mortero pero el niño no se lastimaba, pues entonces la abuela dijo que lo dejaran que viviese pues ella quería una compañía para cuando sus nietos se ausentaran días a cazar. Cuando Ñamandú escucho esto lloró pero tuvo fe en que su hijo algún día descubriría la verdad de su origen y encontraría el camino al paraíso”.
- ¿y qué pasó luego?
- “Cuando el niño estaba ya crecido, lo usaban para cazar aves para que la abuela de los seres primitivos comiera, y un día cuando estaba de caza el niño se encontró con un loro, que para salvar su vida le contó toda la verdad de cómo mataron a su madre. El niño lloró y se enojó, entonces decidió crear de su propia divinidad a un hermano, futura luna, que le serviría de compañía y adquiriría destreza en la selva… fueron al monte uno al lado del otro e hicieron trampas grandes con los que cazaron a los nietos, los seres primitivos y así vengaron a su madre. Luego Ñamandú hizo un rio y sobre ese rio puso un puente, echo al agua corteza de arboles creando asi moradores de las aguas como serpientes, hizo que luna cruzase el rio y le dijo cuando la abuela venga a buscar a los seres primitivos, sus nietos, y cruce el puente hay que darle vuelta al tronco, para que caiga al agua, pero le dieron vuelta al tronco antes de tiempo y la abuela pudo dar un salto y caer sobre la orilla, en vista de ello dijo nuestro padre – ser horroroso, ser que tornas horrorosos los ríos y las costas de los ríos…- por haberse enojado nuestro padre sol, y ver a la que había devorado a su madre erguirse en el barranco, para ponerse a salvo, de su propia divinidad la convirtió en el ser que torna inospitas las costas de los ríos, de no haber procedido así, no habría jaguares. Y siguieron pues los hermanos su camino esparciendo los huesos de su madre por la selva… partieron siguiendo las costas del río, hermano sol y hermano luna uno en cada orilla… hasta que luna encontró una fruta y pregunto- ¿Qué fruta es esta?- es fruta de pindó, no la comas, pero no lo escuchó y le salieron manchas en la cara. Quiso lavarse en el río pero cayó al agua y se ahogó. Pero su hermano con si divinidad lo resucitó y le dijo cuando despertó….. no te acerques mas al agua, toma tu arco hiere al cielo con tu flecha, y así hizo. Se formó un agujero en el cielo con la flecha y luna se metió en ese agujero en el cielo para refugiarse. Por eso hasta hoy luna hace que llueva para lavarse la cara, y desaparece cuando pero solo por que su hermano mayor lo resucito es que hasta hoy aparece luna nueva y se eclipsa cubriéndose de su propia sangre recordando a su madre cuyos huesos aun están en la selva. Asi sol subió también al cielo para cuidar de su hermano, siguen hasya hoy caminando juntos, uno a cada orilla del gran rio en el cielo.

Enséñame a Perderme en mi vacío....kururú y su don de dar



La tierra fresca debajo de mi cuerpo aliviaba esa sensación metálica bajo mi piel, recuerdo estar sentada justo en ese mismo lugar tantas miles de veces con ese mismo calor agobiante de enero, embadurnando mi estómago de jugo de sandía mientras masticaba sin cesar la fruta que refrescaba mi aliento y saboreaba los cuentos que el Sr. De la pipa nos contaba. El bisabuelo exhalaba ese humo blanco una y otra vez, formando nubes con formas sobre mi cabeza. Mi negro cabello lacio se pegoteaba en mi frente transpirada, que goteaba ansiedad por sus palabras… fue cuando supe que esta tierra no era la primera creada por Nuestro Padre el Primero Creador de todas las cosas, sino que ya hubieron varias antes.
Las palabras, inmunes al tiempo, solo brotaban de su boca y flotaban:

- “Ñande Ru Tenonde estaba feliz de haber creado una tierra para los hombres, con quienes quería compartir el don del habla, pues se sentía en soledad. Pensó en darles a los hombres todo lo necesario para que pudieran cuidarse y vivir en paz. Por esto habló con su verdadero hijo Papa Miri para decirle que fuera de visita a la nueva tierra para los hombres. Al hablarle le dijo que los reconocería por los adornos de pluma en sus cabezas, de esa manera llevan su insignia de masculinidad, le dijo. Entonces Papa Miri llegó a la tierra con el mensaje que su padre le había dado y su recomendación de ver que los hombres tuvieran todo lo necesario para ser felices. “

El bisabuelo moviendo su bigote blanco al unísono de sus palabras, parecía trasladarse mentalmente frente al mismo Papa Mirí, intentando reproducir sus gestos al pensar en qué cosa podría ofrendar a los hombres para que vivieran a gusto en su nueva tierra….

- ¡Fuego! –
- “Los hombres necesitaban fuego para ilumin
ar sus historias en la noche, para acompañarlos en sus largas faenas, para protegerlos contra las fieras salvajes y contra los alimentos impuros. El crepitar del fuego sería el mensaje divino que los alertaría de todo mal. Los mortales necesitaban fuego para ser felices. Así es que Papa Mirí en virtud de su sabiduría divina reconoció a los portadores de los adornos con pluma para sus cabezas, y llamó a su hijo Kururú para que lo ayudara. Los sapos que vemos hoy en día solo son una imagen a semejanza de aquel Kururú que era sagrado.”

Las hojas que bailaban con el viento al caer del palto, ilustraban la incandescencia de la escena en mi mundo imaginario. Mis sublimes escenarios m
entales me abstraían por completo de toda realidad adyacente a mis sentimientos, mis tristezas, mis soledades…

- “Le pidió a Kururú que se hiciera el muerto para que aquellos que practicaran la mala ciencia se lo llevaran, porque eran ellos quienes escondían los
antiguos secretos del fuego. Papa Mirí pensó que debía de sacarles a ellos el poder del fuego, para otorgárselos a los mortales. Le dijo a Kururú que esperara a aquellos con la imagen de buitres, que no son los mismos que los de ahora, los de ese tiempo eran demonios que practicaban las malas ciencias; y cuando se hubo hecho el muerto los buitres se lo llevaron para asarlo. Ni bien arrojaron al sapo a las brasas, Papa Mirí hizo que los vientos esparcieran las cenizas y Kururú comenzó a devorarse todo carbón encendido que pudo hasta que quedó con la panza hacia arriba, muerto. Papa Mirí habló al buitre y le dijo que Kururú por su culpa estaba muy grave, y debía de resucitarlo, pero los buitres solo querían devorarlo… Kururú para tranquilizar a su padre le parpadeaba, pues estaba bien y ya era hora de la partida. Papa Mirí tomo a su hijo Kururú en brazos y se alejaron, cuando estuvieron a salvo Papa Mirí pudo entonces tomar el fuego de la boca del sapo y colocarlo en la punta de su flecha, y la arrojó a las ramas de un laurel en forma de rayo. Desde ese entonces los mortales pudieron tomar el fuego de los árboles, aprendieron a cuidarlo y le dieron gracias a Papá Mirí con sus danzas y alabanzas.
Cuando pasaron los años recordaba esos momentos, me perdía en el centro de la pequeña llama de las velas que iluminaban la cocina cuando cortaban la electricidad en esas noches de verano. Entendí que su simple fascinación por el crepitar de las llamas a la hora de cocinar en el patio, ya sea su pescado frito con limón o esas famosas paellas, era su forma de conectarse con el universo, y con él mismo. Me gustaría aprender a hacer lo mismo… perderme en mí, sin verme en lo absoluto……. Encontrar un vacío en mi interior. Lo extraño, y extraño la manera en que sabía hacer las cosas.
Hasta la próxima……………….

Domestícame - lo esencial es invisible a los ojos


Entonces apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vío nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "

-¿Crear lazos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

-Ciertamente -dijo el zorro.

- Y vas a llorar!, -dijo él principito.

-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo

Bajo la luz de la luna


El cielo crepuscular más increíblemente anaranjado jamás visto antes, se extendía solemne como un manto para protección de los que permanecieron en la esplendorosa vigilia. La brisa revolvía las hojas tiernas y el aroma en el ambiente los dejaba flotar, allá, más allá... llevados por la música y los sonidos de takuara golpeando el piso.
Ese ritmo palpitante lo anunciaba, era día de regocijo. El buen espíritu rondaba el lugar, y lo llenaba todo con su gracia. Las voces que armonizaban se mezclaban con el chisporroteo de las llamas del fogón y las luciérnagas daban la noticia de que Ñanderuguasu estaba con ellos. Más allá las madres jóvenes con sus niños pequeños descansaban, mientras el resto de la familia estaba de fiesta por mandato divino. Una señal en los sueños del anciano paje los mandó a estar alertas. A la espera de lo indecible, de lo impensable, de lo impredecible, de lo irrestrictible.
De repente, un grito ahogado inunda la selva... una de las ancianas apurándose se aproxima al paje. Había un problema, el niño no nacía. Takua, uno de los cazadores se aproxima, escucha la conversación entre ambos, y sale corriendo despavorido, era su hijo de quien hablaban. Corre, tropezando con todo; corre, rebotando contra el suelo; corre, extrayendo fuerzas de lo invisible; “Corre niño que tu hijo te llama…” decía la voz de su madre muerta en su cabeza. Corre siguiendo los ruidos del agua del río que corría como él, que corría furioso como nunca... escucha los sollozos y llanto ahogado de Mainumby, su tierna esposa, casi niña, casi mujer, casi madre. Casi diosa.
Una densa nube al pasar arrastrada por el viento, cubre la luz de la luna un instante y al dejar renacer al disco plateado en el firmamento, ilumina la gloriosa imagen de su esposa sobre las piedras. Divina en toda su extensión. A un lado del agua su cuerpo parecía resaltar, su piel cobriza manchada de sangre reflejaba la luz del atardecer, como un pergamino lleno de trazos sublimes, hermosa agitaba su cabeza tomando su enorme vientre, frunciendo su dulce rostro, apretando sus labios mientras sus pechos goteaban maná del cielo esperando a su receptor...
Con un surrealismo incandescente, la luz de la noche se reflejaba en el agua, creando un escenario pasmoso para la llegada del que sería un favorecido sin dudas. Pero el camino era difícil y largo, el simple hecho de nacer era ya la prueba a su grandeza. El padre creador estaba probando a ese nuevo hombre que venía, y el premio era el derecho de caminar entre los suyos. El pase por el canal de parto, era la anunciación de lo que sería su vida misma, lucha entre luz y oscuridad que lo acecharía por siempre.
Desde el vientre de su madre no dejaba de moverse, la mujer que estaba ayudando a Mainumby no dejaba de pedirle a Takua que se fuera, que se alejara, le gritaba que no debía estar allí. Eso él lo entendía, así le habían enseñado, pero su corazón no le permitía pensar ni razonar, menos alejarse de la mujer que más amaba en la tierra en ese momento tan difícil que estaba pasando. Como con un impulso sobrenatural se arroja a los pies de su amada acariciando su cuerpo suavemente, comienza a mojar sus cabellos y su frente intentando confortarla.
Un haz de luz la ilumina siempre, Takua sabía que este era el lugar y el momento donde debía estar. Se lo mandaba su corazón.
Su esposa lo toma de la mano...
- Ayúdame. Nunca me dejes-
Takua no puede dejar de sentir que un escalofrío baja por su espina dorsal.
Sin pensar, sólo sintiendo, toma unas hojas de pakova que vio cerca y las coloca en una suave hendidura en las rocas a un metro de ella. Toma a su mujer en brazos y la levanta para recostarla allí. La mujer que ayudaba a la partera, al ver que el guerrero estaba decidido a ayudarla, no podía ya hacer nada para impedirlo. Tras de ellos llega el paje, tratando de impedir que el joven tocara a su esposa, para evitar las impurezas, pero observó en el haz de luz como el Señor de la Luna los cobijaba y entendió el mensaje, permitió que Takua y Mainumby hicieran esto juntos. El amor que se tenían y que tenían por su hijo sería la guía para salir adelante. Juntos.
El guerrero le pidió a su esposa que confiara en él, que no sabía cómo ni porqué, pero sabía que hacer, se lo gritaba su hijo desde el vientre. El joven acomodó a su esposa, y la recostó en la roca... pudo palpar la cabeza del niño brotando del cuerpo de su madre, la sostuvo. Al tomar fuerzas Mainumby, pudo sostener el cuello del bebé, notó que algo lo sujetaba y lo tiraba hacia el interior. Era el cordón umbilical que lo ahogaba sujetando al niño. Los oscuros intentaban retenerlo, al parecer era ese niño más valioso de lo que se creía. Con delicadeza logró asir el cordón, acomodando a su hijo de tal forma que lo pasó sobre la cabeza para liberarlo. En ese momento la madre lo expulsó de su ser haciéndolo libre.
El joven padre tomó a su hijo en brazos, con una roca afilada cortó las rosadas cadenas que lo mantenían prisionero y en un impulso elevó al recién nacido hacia el cielo arrancando de su garganta un grito que despertó la selva y dispersó a las aves:
- ¡Padree! ¡He aquí tu hijoo!-
El niño no reaccionaba, no se movía, no respiraba, estaba poniéndose azul. Su padre cerraba los ojos implorando por el recién nacido. La luz de la luna se apagó en un instante y las nubes cubrieron los cielos que, en segundos, crecieron y se transformaron en nubes pesadas y grises. Un fuerte viento cayó sobre ellos, agitando las aguas del río, como anticipando una gran tormenta. La pequeña Mainumby, la más grande de todas las mujeres esa noche irrumpe en un llanto desgarrador... el niño aún no se movía.
-¡Nooooo!- imploraba Mainumby tomándose de una de las piernas de su esposo y elevando sus brazos al cielo.
-¡Padre! ¡He aquí tu hijo!- elevando lo más posible al niño…
Repite Takua con más fuerzas que nunca, parecía que doblaría su garganta en sus súplicas.
-¡Tómalo si es tu voluntad hacerlo! ¡Pero no lo dejes aquí! ¡Libéralo! ¡Libera a tu hijo! ¡Es tuyo ahora!- las lágrimas inundaban sus oscuras pupilas dilatadas.
Una ráfaga de viento les pegó de lleno a Takua y al bebé, pero se sostuvo con firmeza para que no lo moviera, Mainumby sobrecogida tuvo que cubrir su rostro, mientras sus largos cabellos negros jugaban con el viento. Observaron como todo se transformaba y la corriente de aire tumultuosa, se arremolinaba sobre el cuerpito inerte, envolviéndolo le dio aliento de vida.
Así como cómo los vientos se agitaron, comenzaron a apaciguarse, comenzaron a marcharse siguiendo la corriente del río. Las nubes se alejaron de la luna y las súplicas de Takua en el silencio comenzaron a oírse cada vez más fuertes. El bebé abrió grande sus ojos y levantó sus brazos al cielo, como queriendo tocar los astros. En ese instante el niño regresó de entre los que ya no caminan, con el mensaje que su padre le dio desde La Tierra Sin Mal...
Todos los que habían presenciado lo sucedido se estremecieron, de manera tal que las lágrimas acompañaron las risas, cayendo finalmente al río para convertirse en agua y continuar su ciclo. La luna en su máxima expresión iluminó a la pequeña familia como nunca había visto el anciano paje, reflejándose en el niño cubierto de sangre que parecía tener luz propia.
El crepitar del fuego cerca de ellos, anunciaba la vida después de la muerte y el bebé proclamando su llegada, explotó en un grito y un llanto que se escuchó a lo largo y ancho de todo el río, imponiéndose en las alturas como lo presentó su padre terrenal. Iluminado por su padre celestial resplandeciente...
Ñasaindy broto de la boca del paje, nombrándolo. Describiéndolo. Destinándolo.
Ñasaindy, fue libre así, por primera vez, bajo la luz de la luna y en brazos de su padre.

DINNER ROOM

Esa noche el cartel que decía HOTEL parecía ser más grande que otros tantos, donde el maletín lleno de cosas sin vender pesaba más que nunca. La puerta abierta invitaba a pasar al desierto lobby; desierto de ruidos, y de vida. Aguardó y contuvo todo lo que pudo su sacra paciencia. Su mano resbaló hacia la campanilla en busca de atención mientras sus ojos exploraban el solitario panorama. Su pobre rostro cansado expresaba el deterioro de su mente en busca de respuestas inalcanzables y fantasmas internos que comenzaban a atormentarlo en el silencio de la oscura y gastada sala de espera…. Inmutable, asomó la mirada sabiendo que la oscuridad del pasillo que llevaba al interior del edificio no sería un acertijo por mucho más tiempo. Su sagaz curiosidad pudo más que cualquier enseñanza de modales domésticos y decidió aventurarse en busca de respuestas.

La luz blanca del fluorescente que marcaba el descubrimiento del dinner room, desencadenó en él una sensación de conquista sobre terreno inexplorado, que su instinto de conservación le gritaba abarcar; al que finalmente consiguió satisfacer al asistir al llamado que la dorada piel de un pavo despampanante y sobrecargado en el centro de la mesa pulcramente alistada, le hacía. Llamado que los repentinos ruidos de sus movimientos viscerales no iban a permitirle dejar pasar. Oyendo una vez más a su ser, decide que el banquete había estado aguardándolo, al considerarse en ese momento que sería de una vez por todas, el huésped de honor.

En una vida de puertas cerradas en la nariz, se merecía una puerta abierta y rebosante de galardones comestibles, su pequeña victoria. Los huesos carcomidos en su plato vacío, concordaban con la plenitud de su frente amplia y tranquila; y sobre todo, concordaban con el fútil momento depositado en el botón desabotonado en su pantalón, empujado al exilio por su satisfecho organismo. Cuando el reloj denominó con el correr de sus manecillas, la hora del puntual descanso de la cuasi patética estampa de su cuerpo, se descubrió dirigiéndose una vez más hacia el lobby del Hotel, que desembocaba un gesto de frustración en su cara. Decidido a no permitir que la falta de compañía humana lo desanimara, en un mar de desánimos constantes donde su vida se hundía, rompió la barrera de su moral autoinducida, introduciendo su mano en la celda que guardaba la llave de su futuro. Por fin la suerte le sonreía, cosa que le hacía pensar que debía devolverle el gesto, sonriéndole a la llave que guardaba su descanso nocturno.

La oscuridad lo arropaba en una sensación de sábanas nuevas, cama nueva y lo que podría ser el comienzo de una vida nueva. Sensación interrumpida por un extraño sentimiento de incomodidad, que secuencialmente fue mutando a una sensación de vacío estomacal, somnoliento vaivén, dolor … más dolor, mucho más punzante dolor, dolor que haría desear estar muerto… ¡pánico rotundo! Sujetando su abdomen que lo retorcía desde adentro, no podía despegar su mirada de un fantasma con su rostro en el espejo. Se arrojó hacia el escusado, devolviendo todas las ofrendas que el destino acababa de hacerle, y salió corriendo en busca de ayuda.

La puerta que lo separaba de la verdad no fue un obstáculo, y atravesándola no pudo más que espantarse ante el siniestro cuadro. Dos cadáveres vestidos con ropa de cama le mostraban su final. Los ojos desorbitados, las bocas bien abiertas y el vómito aún fresco que emanaba de sus gargantas le hicieron sentir un escalofrío que lo movilizó a huir hacia cualquier lugar lejos de allí. Sus cohuéspedes no necesitaban ya su ayuda. Una tras otra fue abriendo las puertas de las demás habitaciones del hotel, encontrando siempre el mismo cuadro de desesperación de ultratumba. Quería gritar, correr, escapar, pero el dolor lo doblegaba y lo obligaba a tropezar con todo lo que encontraba a su paso. Finalmente pudo divisar la puerta de salida, umbral que pareció desaparecer cuando sus pies descalzos perdieron el piso en algún momento de su caída hacia el exterior del edificio.

El cuerpo del hombrecillo muerto parecía diminuto desde lo alto, donde la grácil cucaracha dueña de casa entre sus quehaceres de señora, observaba presuntuosa el éxito de su trampa plaguicida.